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sábado, 11 de noviembre de 2017

SI TE VIENES AL ALBA


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ


Por un mirar de tus ojos
no sé, morena,
de esos tus ojos negros
los más bonitos de todos.
Por un beso de tu boca
no sé, morena,
de esa tu boca de azúcar,
de todas la más sabrosa.
Por una sonrisa tuya
no sé, morena,
me vuelvo el más loco de todos.
¿Te vienes, niña, conmigo,
en mi caballo a los campos
a coger fresas y trigo
y a subir por los barrancos?
Te traeré una rosa
por una mirada,
y sin ninguna espina 
en la madrugada. 
Te traeré el rocío, mi amor,
mi vida en un arca
con sus tesoros dentro,
si te vienes al alba.

sábado, 4 de noviembre de 2017

LA ESTRELLA


Cristóbal Encinas Sánchez
Los dulces sueños los tengas siempre;
que en ellos mantengas mi recuerdo presente.
Que seas más alegre en todos tus días
y que no albergues nunca melancolías.
Que tu cara y tus labios, al yo pasar,
con breves susurros me hagan temblar.
Que cada mañana, en cada momento,
llegue más luz a tu pensamiento.
Y cada noche, cuando te duermas,
que sepas que pienso en velar tus sueños:
invoco al silencio.
¿Recuerdas la estrella que te mostré?
El cielo la guarda
y aún lleva el encargo que yo le dejé:
“Vela por ella en todos sus días,
en todas sus noches y en su amanecer”.

jueves, 2 de noviembre de 2017

LA LUNA SE VA A ACOSTAR

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Se está la luna arreglando 
para meterse en la cama. 
El sol, como que es su dueño,
la tiene bien adiestrada. 
Mañana saldrá más tarde, 
mejor vestida y más guapa,  
con velo de tul de seda 
ocultándose la cara, 
y que no la vea su amo 
pues la tiene secuestrada.  
Que apague la luna el último 
que en su sueño la adorara, 
no vaya a ser que la roben
cuando llegue la alborada.

viernes, 20 de octubre de 2017

DESATENTO EN PLENILUNIO


Cristóbal Encinas Sánchez
       De cómo empezó a suministrarse aquella sustancia tóxica , no sabemos nada. Solo se puede especular con que era una noche del ardiente verano y no durmió, que digamos, en aquella luna iluminada y radiante.
Sus ojos cantaban y sus miradas iban dirigidas, principalmente, a una chica morena con el pelo largo. Tres coincidencias que podían hacer una noche inolvidable: una buena compañía colmada de sueños en una noche de fiesta que crearon el majestuoso escaparate de ser libres durante unas horas.

Como la noche se presentaba cargada de entusiasmo y él era muy dado a lisonjear el oído de las chicas guapas, intentó crearse un entorno agradable, sobornable, con buen rollo. Los requiebros afloraban a su boca con tanta elocuencia que las chicas le sonreían y bailaban con él. Aceptaban sus miradas desafiantes, atrevidas y, cómo no, lascivas que no le daban descanso ni un momento. Tuvo una sucesión de momentos extáticos, sublimes, dignos de un cuadro costumbrista.    
Eran las cinco de la mañana. Al lado de la tapia, frente a un roble próximo  –galardonado con un premio a una obra maestra de la Naturaleza y al mejor árbol adornado en las últimas  Navidades–, los festejantes vitorearon al anfitrión, que dispuso de lanzarse a la piscina desde una gruesa rama que la cruzaba por una esquina. Su cara reflejaba un esplendor que le hacía estar por encima de todo lo que allí ocurría.                                                                                                                     
A modo de despedida, el galán henchido de su fantástico triunfo en el universo, presa de un estado eufórico, saltó gozoso desde su improvisado altar. Con la dosis que se había administrado, se creyó tener alas y que era indemne a todo, sí a todo menos a la altura.

jueves, 19 de octubre de 2017

PERRA MIRADA

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
        Cuando el encargado de la finca llegó corriendo hasta el mejor cerezo, miró al muchacho que estaba subido en él a la altura de la primera cruz. Lo enviaba el propietario de la finca para comprobarlo, pudiendo constatar que José, tranquilamente, estaba comiéndose los apetitosos frutos.                                                                                  
El emisario, jadeante, se volvió por donde había venido para comunicárselo sin demora a su jefe. Este fue rápido adonde estaba el ladrón, y se dirigió a él con decisión y arrogancia:
—¡Oye, tú!, ¿cómo te has subido ahí? –le miró con desprecio.
— Pues, agarrándome y gateando por el tronco –le contestó José.
— ¡Bájate, que quiero hablar contigo! –le replicó en tono amenazante.
El joven se bajó del árbol y pasó inmutable cerca de aquel perro fiero, que estaba atado a una cadena en derredor al tronco, y en la dirección a su amo.
 —¡Dígame usted!
—¿Has subido al cerezo tan temerariamente, con este aquí atado? –señaló al mastín.
—Ya ha visto usted que acabo de bajarme y he pasado junto a él –le respondió el muchacho.

En ese momento se terminó la conversación. El perro miró con cara suplicante al furioso amo, al verle hacer un brusco movimiento de su mano hacia atrás. Este sacó la pistola de su funda y, a poca distancia, le disparó dos veces sin parpadear. Al instante, el animal cayó al suelo como una espuerta de barro.                    
El perro no fue tan fiero con aquel intruso que había hurtado las cerezas al amo de manera tan elegante. Lo peor para el patrón fue que también le robaran su prestigio y eso no se lo perdonó. Al no defender sus propiedades, no cumplió con su deber y eso le afrentó. 
Para el ofendido ese no fue un problema que no pudiera solucionar sobre la marcha, y sin inmutarse.
(NO A LA VIOLENCIA)

miércoles, 18 de octubre de 2017

POEMA AL AGUA


BELÉN ENCINAS HAYAS

Agua, agüita,
llueves menudita, 
mañana, tarde y nochecita.
Cuando vaya al colegio, párate,
descansa, que voy apresuradita.
Y si sale el sol
y sigues tu tarea,
el arco de colores
en el cielo te espera.
Rojo, amarillo, verde y violeta,
todos los colores
tu cuerpo atraviesan.
Oh, agua, agüita
del día y de la noche,
¡que seas bendita!

jueves, 12 de octubre de 2017

TERCERILLAS SOBRE TUS OJOS


Cristóbal Encinas Sánchez

Mis deseos confinados
lo están por tus ojitos,
que los tienes resguardados.
Con tu mirar, que es claro,
yo me encontré esta mañana:
todo el día fue un regalo.
Si me esquivas con tus ojos,
los caminos se retuercen
y nos perdemos nosotros.
El día treinta de abril
ya no te echaré los mayos:
no te fijaste en mí.
Cuando pases por el parque
dígnate mirar atrás,
que escondido espera alguien.
No me mires más, o mírame
sin pensar por qué me miras;
mírame así u olvídame.